REALIDAD

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realidad:

1. f. Existencia real y efectiva de algo.

2. f. Verdad, lo que ocurre verdaderamente.

3. f. Lo que es efectivo o tiene valor práctico, en contraposición con lo fantástico e ilusorio.

Sueños, realidades virtuales que se experimentan al dormir,

Imaginación, básicamente lo que hace es representarse experiencias,

fantasía, facultad humana que permite reproducir, por medio de imágenes mentales, cosas pasadas o representar sucesos que no pertenecen al ámbito de la realidad. Estos sucesos pueden ser posibles o irrealizables.

Esto lo conocemos bastante bien: las actitudes mentales pueden influir sobre los

mecanismos de curación del cuerpo humano. Las “píldoras de azúcar” (cápsulas que

contienen ingredientes inertes) han constituido, durante mucho tiempo, uno de los

grandes misterios de la medicina. Estas no contienen ninguna clase de droga que pueda

contribuir a la curación del enfermo. No obstante, cuando se le administra a los

miembros de un grupo de control una de estas “píldoras”, con el objeto de comprobar la

eficacia de una nueva droga, los pacientes que integran el grupo suelen manifestar algún

“alivio”, y, con bastante frecuencia, un alivio tan grande como el obtenido por los

pacientes del grupo que recibió la verdadera droga. Los estudiantes a quienes se les

administra estas cómicas “píldoras” muestran verdaderamente mayor inmunización

contra los resfriados que los grupos constituidos por pacientes que reciben una nueva

droga contra tal indisposición fisiológica.

En el año 1946, el New York Journal of Medicine publicó un resumen de una

discusión de mesa redonda sostenida por los miembros del Departamento de

Farmacología y de Medicina del Colegio de Medicina de la “Cornell University” sobre

estas “píldoras de azúcar” que hemos mencionado. Entre los alivios experimentados por

los pacientes, mediante este procedimiento –y de los cuales se informó-, se incluyeron

la curación del insomnio y la manifestación de un mejor apetito. “Me he fortalecido.

Tengo mejor mis riñones. Puedo caminar más lejos sin que me llegue a doler el pecho”.

Se comprobó, de manera evidente, que estas píldoras de azúcar hubieron operado en

algunos casos “con tanta eficacia como las vacunas contra la artritis reumáticas

crónicas”.

Durante la II Guerra Mundial, la Marina Real del Canadá sometió a prueba a una

nueva droga contra el mareo. El Grupo No. 1 recibió la nueva droga y el Grupo No. 2

recibió “píldoras de azúcar” y sólo el trece por ciento de las personas de ambos grupos

padeció de mareo, mientras que los miembros del Grupo No. 3, que no recibieron nada,

resultaron todos mareados.

Existen hoy muchos médicos que están plenamente convencidos de que un tipo

similar de tratamiento de sugestión constituiría la mejor forma para la terapia de las

verrugas. Se pintan, pues, éstas con un metano azul, tinta roja o cualquier otro color, y

empléase además una luz colorada para tratarlas. En la revista Journal of the American

Medical Association –“Revista de la Sociedad Americana de Medicina” se ha dicho:

“Los resultados de la terapia de sugestión aplicada a las verrugas parece ser que van a

ejercer una influencia decisiva a favor de la adopción general de dicho proceso”.

La “sugestión” no explica nada A los pacientes que se les administra “píldoras de azucar”, así como a los que se

les aplica la terapia sugestiva de las arrugas, no se les puede decir que se les ha aplicado

un “tratamiento de broma” si queremos que éste sea efectivo. Ellos creen que han

recibido medicinas legítimas las cuales van a producirles la mejoría. Decir que el efecto

de las “píldoras de azúcar” se debe solamente a la sugestión no explica absolutamente

nada. Sería más razonable llegar a la conclusión de que al tomar la “medicina se

despierta cierta expectación con respecto a la mejoría del paciente y que establecemos

en la mente del mismo una “autoimagen objetivo de la salud”, y, desde ese instante, el

mecanismo de la creación opera a través de nuestro propio mecanismo de la salud del

cuerpo, el cual trata, entonces de alcanzar su “meta de curación”.

Pensamos a veces en ¿cómo habremos de ser cuando lleguemos a viejos?

También nosotros hacemos algo muy parecido, pero en el orden contrario, cuando

nos ponemos, inconscientemente, “a esperar a ser viejos” a una edad determinada.

En el año de 1951, en el Congreso Internacional de Geriatría de St. Louis, el Dr.

Raphael Ginzberg, de Cherokee. Iowa, manifestó que la idea tradicional que supone que

una persona se hace vieja e inservible alrededor de los setenta años es responsable en

gran medida de que el individuo se sienta anciano precisamente a esa edad, y así, en el

futuro más ilustrado podremos considerar los setenta años como una edad media.

Constituye materia de observación común el caso de algunos individuos que se

encuentran entre los cuarenta y los cincuenta años y empiezan a mostrarse y actuar

como ancianos, mientras que otros continúan comportándose y manifestándose como

jóvenes. Hase descubierto mediante un reciente estudio que los sujetos mayores de

cuarenta y cinco años se consideran a sí mismos personas de mediana edad que ya están

descendiendo de la “colina”, mientras que los más jóvenes de cuarenta y cinco aún se

ven ascendiendo al “monte”.

Existen por lo menos dos casos que nos sugieren pensar que nos estamos haciendo

viejos. Al esperar a envejecer a una edad determinada, ponemos inconscientemente una

imagen de meta negativa a nuestro mecanismo de creación para que éste trate de

alcanzarla. También, cuando esperamos hacernos viejos y comenzamos a sentir el temor

de las primeras embestidas de la edad avanzada, quizás hagamos involuntariamente todo

lo que no debemos, precisamente todas esas “cosas” mediante las cuales habremos de

alcanzar, con mayor rapidez, las sensaciones de la senilidad. Comenzamos, por ejemplo,

a descuidar nuestras actividades físicas y metales; a alejarnos de todas las actividades

físicas que requieren ser tratadas vigorosamente, y, con ello no hacemos más que perder

la flexibilidad de las coyunturas. La carencia de ejercicio físico obliga a contraerse a

los vasos capilares e incluso a hacerlos desaparecer virtualmente, y el suministro de

nueva sangre vivificante, que habríamos de proporcionar a nuestros tejidos, queda

cortado en forma drástica. El ejercicio vigoroso es necesario para dilatar las vasos

capilares que suministran toda la sangre a los tejidos reemplazando simultáneamente a

las toxinas o productos de desecho. El doctoy Selye ha cultivado células de animales

dentro del cuerpo de un animal vivo, introduciendo en el cuerpo del mismo un tubo

hueco. Por alguna razón desconocida estas células, nuevas y jóvenes biológicamente, se

forman dentro de este tubo. Descuidadas y sin la debida protección mueren, sin

embargo, en el transcurso de un mes. No obstante, si el fluido del tubo es lavado

diariamente y se le quitan los productos de desecho, las células viven por tiempo

indefinido. Permanecen eternamente jóvenes sin envejecer ni morir. El doctor Selye

supone que éste puede ser el mecanismo del envejecimiento, y que si es así, entonces, el

envejecimiento puede posponerse mediante la reducción del promedio de los productos

de desecho o ayudando al sistema a que se desprenda de los mismos. En el cuerpo

humano, los vasos capilares constituyen los canales a través de los cuales se vacían los

productos de desecho. Se ha establecido definitivamente que la carencia de ejercicio

“seca” los mencionados vasos capilares.

La “actividad” indica “vida”

Cuando nos decidimos a reducir nuestras actividades sociales y mentales, nos

engañamos a nosotros mismos. Quedamos detenidos en nuestros propios caminos, como

enterrados y vencidos y fuera “de los grandes acontecimientos” que pudieran animar

nuestra “gran expectación”.

No abrigo la menor duda de que si uno se encuentra con un joven sano alrededor

de treinta años de edad, y logra convencerle, de cualquier manera, que ya es viejo, de

que toda actividad física es peligrosa para él, así como fútil la actividad mental que

intente desarrollar, llegará a convertirle en un verdadero anciano en no más de cinco

años de tiempo. Si, además, le inducimos a que pase todo el día sentado en una

mecedora, a que cese de soñar en el futuro, que detenga todos sus intereses a ideas

nuevas y a que se considere a sí mismo como una persona “inválida”, buena para nada,

sin importancia y sin capacidad de producir ni crear, estoy seguro de que habremos

formado experimentalmente a un anciano.

seis necesidades básicas que debe poseer cada sujeto humano:

1. La necesidad del amor

2. La necesidad de la seguridad

3. La necesidad de la expresión creadora

4. La necesidad de reconocimiento

5. La necesidad de nuevas experiencias

6. La necesidad de autoestimación

A estas seis necesidades yo añadiría otra necesidad básica… la necesidad de vivir

más, o sea, la necesidad de mirar hacia el mañana con alegría y anticipación.

Miremos hacia adelante y vivamos

Ello me produce otra de mis “super-creencias”.

Creo que la vida es por sí misma adaptativa; que la vida no concluye en sí misma,

sino que constituye un medio para alcanzar un fin. La vida es, pues, uno de los

“medios” que tenemos el privilegio de emplear, de diversos modos, para la consecución

de metas sumamente importantes. Podemos observar que no concluye en sí misma, sino

que constituye un medio para desde la amiba hasta el hombre. El oso polar, por

ejemplo, necesita de una espesa piel con el objeto de lograr la supervivencia en un

ambiente sumamente frío. Necesita, además, de un color protector para poder ocultarse

de sus enemigos. La fuerza de la vida actúa como un “medio” para conseguir estos

fines, y así provee al oso polar del blanco manto protector que constituye su piel. Estas

adaptaciones de la vida para tratar con diversos problemas del ambiente son casi

infinitas y por ello no tenemos por qué continuar enumerándolos. Sólo quiero señalar

este principio para poder llegar a una conclusión.

Si la vida se adapta a sí misma, en tan diversas formas, para actuar como un

medio que conduce a un fin, ¿no es, acaso, razonable presumir que si nos colocamos en

una especie de “situación-objetivo”, que necesita mayor vida para desenvolverse, no

habríamos de recibir más “intensidad vital”?

Si consideramos al hombre como un “buscador de objetivos”, tendremos que

pensar con respecto a la energía de la adaptación de la fuerza de la vida como en el

combustible propulsor o en la energía que habrá de dirigirnos hacia esa meta que nos

proponemos. Un automóvil que se guarda en el garage no necesita tener gasolina en su

tanque. Tampoco un “buscador de objetivos” sin objetivos necesita realmente de mucha

fuerza de vida.

Creo que nos establecemos esta necesidad cuando, con alegría y anticipación,

disponemos a mirar hacia delante, hacia el futuro, y esperamos gozar del mañana, y,

sobre todo, cuando tenemos algo muy importante (para nosotros) qué hacer y algún sitio

a dónde ir.

Creémonos una necesidad para vivir más

La capacidad de crear constituye, ciertamente, una de las características más

importantes de la fuerza de la vida. Ahora bien, la esencia de la capacidad de creación

consiste en mirar hacia delante persiguiendo constantemente una meta. La gente

creadora necesita de mayor fuerza vital. Las tablas de registro, por otra parte, parecen

también confirmar que esta clase de personas logran siempre una mayor fuerza de vida.

Como grupo, los trabajadores con capacidad de creación –investigadores científicos,

inventores, pintores, escritores, filósofos, etc.-, no sólo viven más, sino que también

continúan produciendo durante mucho más tiempo que los individuos que se ocupan de

otras clases de actividades. (Miguel Angel pintó algunos de sus mejores cuadros a la

edad de ochenta años; Goethe escribió el Fausto pasados los ochenta; Edison continuaba

aún inventando a los noventa años; Picasso, que ha pasado de los setenta y cinco años,

domina el arte mundial de hoy; Wright, a los noventa y cinco años, estaba aún

considerado como el más creador de los arquitectos de la época; Shaw se hallaba aún

escribiendo comedias a los noventa años; la abuela Moses comenzó a pintar a los

setenta y nueve, etc., etc.)

Ello es por lo que aconsejo a mis pacientes que procuren “desarrollar una

‘nostalgia’ del futuro”, en vez de hacerlo con respecto al pasado, en el caso que quieran

continuar un género de vida productivo y vital. Cuando desarrollamos “el entusiasmo

por la vida”, nos creamos la necesidad de obtener más “vida” e, indudablemente,

adquirimos mayor fuerza vital.

¿No se ha llegado usted a preguntar alguna vez a qué se deberá que tantos actores

y actrices se las arreglen para parecer mucho más jóvenes de lo que compete a sus años,

y por qué presentan un aspecto juvenil a los cincuenta, y aún a una edad mayor que

ésta? ¿No se deberá ello a que estos individuos tienen la necesidad de parecer jóvenes,

en que están interesados en mantener esta apariencia y no dejan de perseguir el objetivo

de permanecer así como por desgracia hacemos la mayoría de nosotros apenas hemos

alcanzado la edad mediana?

“No envejecemos a causa de los años, sino debido a los acontecimientos y a

nuestras reacciones emotivas a los mismos”, dice el Dr. Arnold A. Hutschnecker. “El

fisiólogo Rubner observó que la mujer campesina que trabaja en el campo y es mas

retribuida suele, en algunas partes del mundo, arrugársele la cara prematuramente, pero,

no obstante, no experimentan la pérdida de la fuerza ni de la resistencia físicas. Aquí

tenemos un ejemplo especial con respecto al proceso del envejecimiento. Podemos,

pues, razonar que estas mujeres han renunciado a su papel de “competición” como

sujetos del género femenino; hanse resignado a vivir la vida trabajadora de la abeja y,

debido a ello, no necesitan la belleza del rostro sino sólo de sus capacidades físicas”.

(Arnold A. Hutschnecker, The Well to Live –“La voluntad de vivir”- Revised Edition,

Englewood Cliffs, N. J., Prestice-Hall, Inc.)

Hutschneker comenta también cómo la viudez suele envejecer a unas mujeres y

no a otras. Si la viuda siente que su vida ha llegado a su fin y no tiene nada por qué

vivir, su actitud habrá de prestarle “una notable evidencia de la vejez mediante el

gradual arrugamiento de la piel y la continua y progresiva transformación de sus

cabellos que se le irán poniendo grises rápidamente”.

“…Sin embargo, otra mujer, verdaderamente más vieja, comienza a florecer. Esta

entrará a la competencia por buscarse un nuevo marido o puede entregarse a una carrera

de negocios o quizás se ocupe de algo interesante, porque, es posible, no dispuso del

ocio suficiente para ello hasta este mismo momento”. (De la misma obra).

La Fe, el Valor, el Interés, el Optimismo y el mirar siempre hacia delante nos hace

entrar en una nueva vida y nos provee de mayor fuerza vital. La Futilidad, el

Pesimismo, la Frustración y el vivir en el pasado no constituyen, solamente, las

características esenciales de la edad avanzada, sino que también contribuyen a

envejecernos.

Retírese de un empleo, pero nunca se retire de la vida

Son muchos los hombres que comienzan a “descender la colina de la vida” luego

de haberse retirado de un empleo. Sienten que ya han completado su vida de actividad

productiva y que su tarea ya está totalmente hecha. No tienen nada a que mirar hacia

delante, se deprimen y se hacen inactivos y, con frecuencia, hasta padecen la pérdida de

la autoestimanción ya que se sienten aparte de todas las cosas del mundo; nada,

absolutamente nada habrá de importarles desde ahora en adelante. Van creando y

desarrollándose una autoimagen en la que se conciben como seres inservibles, sin valor,

completamente derrotados y fuera de uso. En fin, muchos de ellos mueren al transcurrir

un año o así luego de haberse retirado de la vida de trabajo.

No es el retiro del trabajo lo que asesina a estos hombres: es el retirarse de la vida.

Es la sensación de no servir para nada, de haber sido barridos de la vida; la derrota de la

autoestimación, del valor y de la confianza en sí mismos, las cuales, las actitudes de la

sociedad actual procuran alentar. Necesitamos saber, pues, que estas actitudes se basan

en conceptos anticientíficos y pasados de moda. Hará unos cincuenta años algunos

psicólogos creían que las fuerzas mentales del hombre alcanzaban su cumbre a la edad

de veinticinco años y que luego comenzaban a declinar poco a poco. Los últimos

descubrimientos manifiestan, sin embargo, que un hombre alcanza su cumbre mental

alrededor de los treinta y cinco años manteniendo el mismo nivel hasta bien pasados los

setenta. Tales tonterías como esa que dice que “uno no puede enseñarle nuevas mañas a

un perro viejo” persisten aún a pesar del hecho de que numerosos investigadores han

demostrado que la capacidad de aprender es tan buena a los setenta como a los  diecisiete

años de edad.

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